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primeras cciones de Alberto Fuguet
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habrán notado que, en ellas, los narradores (omniscientes, per-
sonajes o testigos) despliegan una lengua que, amén del uso recurrente de extranjerismos,
2
acaricia el
cuerpo de los teenagers.
En la lengua familiar de los personajes de Fuguet (el inglés), el sustantivo común teenager no solo
denota, de manera coloquial, a aquel muchachito cuya edad está en el rango de los teen: thirteen-nine-
teen (Merriam-Webster, 2015b). La voz teenager, también, connota los sentidos contradictorios que, en
el orden cultural, adquiere el cuerpo de quienes tienen entre 13 y 19 años: por un lado, los principios
de la biología constatan sus capacidades reproductivas y sexuales; por otro, las leyes civiles advierten
sus problemas de discernimiento; y, a su vez, las tramas del mercado reconocen sus cualidades de
codiciada mercancía libidinal –piénsese, sin ir más lejos, en las fotografías de teens semidesnudos que
Bruce Weber preparaba para las campañas publicitarias de Calvin Klein durante la década de 1980–.
En Teen Movies: American Youth on Screen, Timothy Shary (2005) explica que la noción de teen po-
see sentidos culturales que expresiones del mismo campo semántico, como adolescente, desconocen. Si,
por ejemplo, adolescente solo designa al cuerpo de un individuo en maduración (psíquica) y desarrollo
(físico), teen es, además, el sujeto de un orden cultural, en apariencia, paradójico. En
eeuu –argu-
menta Shary– el adolescente deviene teen tras la Segunda Guerra Mundial; de ahí en más, el Estado
de posguerra lo inscribe en un sistema pedagógico que lo somete a la tutela paterna durante sus dos
primeras décadas de vida (educación secundaria), mientras las industrias culturales lo imaginan como
miembro de un tramado mercantil (agencias de publicidad, casas de moda, estaciones de televisión,
productoras de cine o sellos editoriales venden mercancías para teenagers y, al mismo tiempo, usan
sus cuerpos andróginos para seducir a los consumidores adultos). Digo «orden cultural paradójico en
apariencia», pues la educación secundaria sería, en cierto sentido, mecanismo jurídico que asegura la
producción de sujetos teen (Shary, 2005, pp. 1-2).
Pese a la abundante evidencia textual, la obsesión de la escritura de Fuguet por los cuerpos de
los teenagers ha sido desatendida por la crítica. Quien revise la bibliografía sobre los cuentos y novelas
1 En la producción narrativa (novela y cuento) de Alberto Fuguet (Santiago, 1964) reconozco tres etapas. La primera
comprende el volumen de cuentos Sobredosis (1990), y las novelas Mala onda (1991) y Por favor, rebobinar (1994). La
segunda, la antología de relatos Cortos (2004) y las novelas Las películas de mi vida (2003), Missing (2009) y Aeropuertos
(2010). Y la tercera etapa comprende las novelas Sudor (2015), No cción (2016) y VHS (unas memorias) (2017). En los
textos de la primera etapa, los narradores son jóvenes y adultos jóvenes criados en dictadura. Los argumentos de
estas narraciones describen los conictos que experimentan personajes que no logran adentrarse en el orden cul-
tural de los adultos (familia, trabajo). Como espacios recurrentes, emergen los enclaves acomodados de la ciudad
imaginada por los Chicago Boys. La forma de estos textos, en tanto, mima los juegos narrativos y usos léxicos de
novelas de Bret Easton Ellis (Less than Zero [1985]) y J. D. Salinger (The Catcher in the Rye [1951]). En los textos de la
segunda etapa, por su parte, los narradores son adultos jóvenes que, desde situaciones de autoexilio, describen sus
fracasos matrimoniales y profesionales. De manera consecuente, surgen nuevos espacios, genuinos paraderos de sus
errancias (Arizona, Baja California y Texas). Desde un punto de vista retórico, la narración explora nuevos formatos
(autobiografía, crónica y diario de viajes). Entre ambas etapas, sitúo la novela Tinta roja (1996): allí, el narrador in-
tenta deshacerse de las constantes formales y temáticas de su primera etapa merced a un trabajo de citas que rescata
las novelas social y pícara chilenas (N. Guzmán y A. Méndez Carrasco, respectivamente). A esta, la considero novela
de transición, ya que sus experimentos formales y temáticos recuperan personajes de la primera etapa, pero son
retomados solo de manera lateral en trabajos posteriores. En la tercera etapa, en tanto, los personajes son represen-
taciones ccionales en las que la identidad del personaje protagónico se confunde con la del autor: casi siempre, un
escritor que, escéptico de su propia imagen pública, novela su propia sexualidad. Además de su producción como
novelista y cuentista, Fuguet ha publicado crónicas (La azarosa y sobreexpuesta vida de Enrique Alekán [1990; reeditada
como Enrique Alekán: una novela por entregas, 2020], Primera parte [2000] y Despachos del n del mundo [2020]), cuadernos
de lectura (Apuntes autistas [2007]), bitácoras de espectador lector (Cinépata [2012]), diarios de viajes literarios (Tránsi-
tos: una cartografía literaria [2013]) y biografías (Mi cuerpo es una celda [sobre Andrés Caicedo, 2008] y Todo no es suciente
[sobre Gustavo Escanlar, 2014). A todo esto, súmense sus trabajos como editor de antologías literarias (Cuentos con
Walkman [con S. Gómez, 1993], McOndo [con S. Gómez, 1996] y Se habla español: voces latinas en USA [con E. Paz Sol-
dán, 2000]). Y, por añadidura, también agréguese su carrera como director de cine: ha dirigido ocho largometrajes
(Se arrienda [2005], Velódromo [2010], Música campesina [2011], Locaciones: buscando a Rusty James [2013], Invierno [2015],
Cola de mono [2018], Siempre sí [2019] y Todo a la vez [2021]).
2 Aquí, entiendo extranjerismo como «voz, frase o giro que un idioma toma de otro extranjero» (
rae, 1992, p. 663, 2).
En un texto escrito, esta apropiación puede suscitarse en el nivel léxico (presencia de adjetivos, sustantivos o verbos
foráneos), sintáctico (ordenamiento de la frase de acuerdo con patrones extranjeros) o semántico (traslado del sen-
tido primero de una voz, frase o giro local por el sentido de algún falso cognado). Sirva anotar ejemplos para cada
caso: «¡súper cool!» (en lugar del español genial), «hace sentido» (por superposición del inglés it’s makes sense), y «¡qué
bizarro tu peinado!» (bizarro en vez de extraño, pues en inglés bizarre equivale, justamente, a extraño).